Relatos

EL RUGIDO DEL SILENCIO

—¡Papá! ¡Papá! ¡Corre! ¡Es hora de irse a dormir y antes hay que mirar debajo de la cama!

—Darío, solo porque tu amigo de la escuela haga algo no tienes por qué hacer tú lo mismo.

—Pero, papá, ¿qué te cuesta? Solo miramos rápido.

—Darío, los monstruos no existen. Él no ha visto ninguno y tú tampoco lo verás.

—¡Vamos, papá!

—Vale, pero después de mirar debajo de la cama nos vamos a dormir.

El niño agarró la manga de la camisa de su padre y comenzó a dar pequeños tirones con intención de arrastrarlo deprisa hasta su habitación. Una vez allí:

Darío se colocó al lado de la cama,

apoyó las rodillas sobre la alfombra,

levantó las sábanas emocionado y vio

que nada acechaba debajo de la cama.

—Lo ves, hijo, nada. Venga, a dormir.

—Buenas noches, papá.

—Buenas noches, hijo. Dulces sueños.

Al día siguiente, Darío volvió a pedirle a su padre que revisaran debajo de la cama para comprobar si aquel día había algún monstruo. Su padre, igual que la noche anterior, le dijo que no iba a haber ninguno y que, después de mirar, debía meterse entre las sábanas para descansar.

Pasaron las semanas y los meses. Todas las noches repetían el mismo ritual: Darío miraba debajo de la cama y luego se iba a dormir. Nunca encontraba nada. Noche tras noche, la oscuridad bajo el colchón permanecía vacía, y poco a poco comenzó a convencerse de que su padre tenía razón.

Los monstruos no existían, y con el tiempo dejó de buscar.

Una noche se quedó dormido en el sofá después de ver una película con su padre. Otra madrugada cayó rendido sobre los libros del colegio. Algunas veces el sueño llegaba antes que las costumbres y, sin darse cuenta, dejó atrás aquel viejo ritual infantil.

Pasaron los años. Darío ya se había convertido en un adolescente, un adolescente que nunca había vuelto a mirar debajo de la cama. Sin embargo, fue entonces cuando comenzaron unos ruidos que no dejaban de inquietarlo.

Al principio eran casi imperceptibles, cono un leve crujido que aparecía de madrugada. Cada vez que lo oía, encendía la luz, recorría la habitación con la mirada y no encontraba nada fuera de lo normal. Convencido de que no era más que el sonido de la madera o de las tuberías, se daba la vuelta y volvía a dormirse.

Pero el sonido regresaba.

Y cada noche parecía un poco más insistente, un poco más hostil.

No era lo bastante fuerte como para asustarlo, pero sí para acompañarlo hasta el amanecer.

Durante semanas decidió ignorarlo. Hasta que una tarde, cansado de aquellas interrupciones, se lo comentó a su padre.

—Papá... Llevo varias noches escuchando un ruido raro en mi habitación. Creo que viene de debajo de la cama.

Su padre levantó la vista del periódico.

—¿Debajo de la cama?

—Sí. Suena todas las noches.

—¿Y qué crees que es?

Darío sonrió con cierta vergüenza.

—No sé... ¿Y si fuera un monstruo?

Su padre soltó una breve carcajada.

—A tu edad y todavía pensando en esas cosas.

Después guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—Los monstruos no existen.

Aquella frase sonó tan automática que parecía aprendida de memoria.

—Entonces, ¿qué son esos ruidos?

—Nada importante. Las camas crujen, las casas se mueven, la madera envejece.

Su padre apartó la mirada.

—Además, en mi habitación también se oyen.

—¿En serio?

—Claro.

—¿Y nunca has mirado?

El hombre dudó apenas un instante.

—No hay nada que mirar.

Luego se levantó del sillón y le revolvió el pelo.

—Esta noche iremos a mi habitación y te enseñaré de dónde vienen esos ruidos.

Aquella noche fueron a la habitación del padre.

En cuanto entraron, Darío volvió a escucharlo.

Crujidos.

Golpes suaves.

Pequeños quejidos que parecían nacer desde algún rincón oculto.

Eran los mismos sonidos que escuchaba en su habitación, aunque allí resultaban mucho más intensos.

—Lo oigo, papá.

—¿Ves? Te dije que no eras el único.

Su padre sonrió y dio unas palmaditas sobre el colchón.

—Ahora vamos a mirar debajo de la cama. Ya verás cómo no hay ningún monstruo.

Los dos se arrodillaron y levantaron la colcha.

Debajo no había oscuridad, sino un caos de objetos acumulados durante años. Cajas llenas de recuerdos, ropa vieja, juguetes olvidados, álbumes de fotos, libros, papeles amarillentos, etc. Todo estaba amontonado hasta tal punto que apenas quedaba espacio libre bajo la cama.

Darío observó durante unos segundos.

—Hay muchísimas cosas.

—Sí —respondió su padre, bajando la mirada—. Demasiadas.

El chico siguió observando, buscando algo extraño entre aquel laberinto de recuerdos, pero no encontró nada.

Ningunos ojos brillantes. Ninguna sombra acechante. Ningún monstruo.

Aquella noche regresó tranquilo a su habitación. Y durante años siguió haciendo lo mismo que había aprendido de pequeño: ignorar los ruidos.

A veces eran suaves. A veces parecían arañar la madera. Otras noches sonaba como un suspiro atrapado bajo el colchón, pero él se repetía que no eran importantes, que siempre habían estado ahí, que todo el mundo escuchaba ruidos. Y, cuando la duda aparecía, recordaba las palabras de su padre.

Los monstruos no existen.

Los años pasaron. Llegó el día de despedirse.

—Adiós, papá. Nos vemos pronto. Te quiero.

—Adiós, hijo. Llámame en cuanto puedas. Disfruta de tu nuevo hogar. Y no olvides que te quiero.

Darío sonrió y cerró la puerta tras de sí.

Durante el viaje hacia su nueva casa no pudo evitar sentirse aliviado. Por fin tendría otra cama, por fin dejaría atrás aquellos ruidos, aquella idea le acompañó durante todo el trayecto y también una amplia sonrisa llena de esperanza.

Las primeras semanas fueron un torbellino. Nuevas calles, nuevos horarios, nuevos retos y nuevos rostros. Llegaba tan cansado al final del día que apenas apoyaba la cabeza sobre la almohada ya estaba dormido. Ni siquiera pensó en los ruidos.

Pero cuando la novedad empezó a convertirse en rutina, volvieron. La primera noche fue un leve murmullo; la segunda, un golpe seco; la tercera, un gruñido. Después llegaron los alaridos.

Cada vez más fuertes.

Cada vez más difíciles de ignorar.

El cansancio comenzó a reflejarse en su rostro, las ojeras se instalaron bajo sus ojos, las sonrisas empezaron a durar menos. Una noche, agotado, decidió hacer lo que llevaba años sin hacer. Mirar debajo de la cama. No por miedo, más bien por costumbre, por si acaso.

Se arrodilló.

Levantó lentamente las sábanas.

Y entonces lo vio.

Dos ojos amarillos se abrieron en la oscuridad.

Darío se quedó inmóvil, el aire desapareció de sus pulmones y su corazón golpeó con fuerza contra las costillas. Aquello no podía estar pasando, ¿por qué nadie le había enseñado qué hacer cuando el monstruo sí estuviese allí?

Le habían enseñado a buscarlo, le habían enseñado a no encontrarlo, le habían enseñado a ignorar los ruidos, pero nadie le había enseñado qué hacer si una noche aparecía de verdad. 

Durante unos segundos se quedó mirando aquellos ojos.

Y entonces recordó a su padre.

Recordó todas aquellas noches, todas aquellas veces que habían mirado bajo la cama, todas aquellas veces que después simplemente se habían ido a dormir. Así que hizo lo único que sabía hacer.

Bajó las sábanas con cuidado.

Se acostó.

Cerró los ojos.

Y fingió que no había visto nada.

Por las noches el monstruo gruñía y no le dejaba descansar. Cada vez rugía con más fuerza; cada noche el ruido era mayor.

—Supongo que tiene hambre —pensó Darío.

Así que, antes de irse a la cama, lo alimentaba con las sobras del día.

El monstruo comía y comía, y eso hizo que creciera cada vez más. A veces, Darío hablaba con él. Seguía devorando el silencio de su cabeza y molestándole al dormir, pero con el tiempo aprendió a convivir con aquella bestia, con aquellos ruidos, con su monstruo. Sobrevivía, porque aquellos ojos amarillos continuaban robándole el aliento.

Una noche el monstruo se enfadó muchísimo. Había tenido ataques parecidos antes, pero jamás con tanta rabia. Darío ya no podía soportar sus gritos. Se tapaba los oídos con las manos y llegaba a ahogarse con su propio llanto.

Quería imponerse a la bestia y gritar más alto que ella, pero sentía que, cuanto más lo intentaba, más pequeño se hacía.

—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Déjame dormir! ¡Quiero dormir, por favor, cállate! ¡Por favor, que alguien me ayude! Por favor...

Las palabras terminaron convirtiéndose en un susurro entre sollozos.

Con lágrimas en el rostro, la piel erizada y unas profundas ojeras moradas por la falta de sueño, salió corriendo de casa. Huyó de aquel monstruo que él mismo había estado alimentando durante años.

Cerró la puerta y se sentó en las escaleras del edificio. Lloró y tembló durante horas, hasta que una vecina se acercó y se sentó a su lado.

—Darío, ¿qué ha pasado?

—Está ahí. Está debajo. Papá me dijo que no existían, que el ruido era normal, que venía de la cama... de la cama... de aquella cama. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué me persigue? No lo entiendo. ¡Que se vaya, por favor! ¡Que se vaya!

Tomó aire entre jadeos.

—Papá también tenía esos ruidos. Decía que no había monstruo. Entonces, ¿por qué yo sí lo veo? ¿Por qué está aquí? ¡Que se vaya, por favor!

Darío se abrazó a las rodillas de su vecina mientras ella le acariciaba la cabeza en silencio, escuchando aquel llanto desconsolado que llevaba demasiado tiempo esperando salir.

—Darío, cariño, respira. Tienes al monstruo debajo de la cama. ¿Desde cuándo?

—Lo descubrí hace meses, pero los ruidos llevan años. Está muy grande y tiene esos ojos amarillos, rabiosos...

—¿Lo has estado alimentando? ¿No has pedido ayuda?

—Sí... No sabía a quién contárselo. Soy mayor para creer en los monstruos. Ellos no existen. ¡No existen, no es real! Ayúdame, por favor... ¿Tú sabes?

—Cariño, mírame. Los monstruos grandes y peludos no existen. Lo que existen son los miedos, la vergüenza, los complejos, los malos recuerdos y los sentimientos negativos. Esos ruidos existen en tu cabeza, en tu corazón y, a veces, en tu soledad. Lo has estado alimentando. Lo has aceptado como parte de ti cuando no es normal coserse los gritos a la piel.

—Pero... papá también tenía esos ruidos. Allí no había ningún monstruo. Aquí sí. ¿Por qué? ¿Por qué me mintió?

Rosana guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Quizá tu padre solo intentó protegerte ocultando sus propios monstruos y restándole importancia al tuyo. Tal vez pensó que así conseguiría vencerlo. O quizá nunca comprendió que era un monstruo, que esos ruidos tenían un nombre y que podían enfrentarse.

—Él nunca aceptó la existencia de los monstruos y me dejó desarmado. Pero yo no tengo dudas. Haz que se vaya, por favor.

—Ahora mismo parece tu enemigo, pero durante mucho tiempo se disfrazó de compañía. Ha estado contigo tantos años que casi forma parte de ti. Sin embargo, ha llegado el momento de enfrentarlo. Deja de alimentarlo, Darío. Parece inofensivo cuando se esconde bajo la cama, pero a veces nos hace más daño aquello que evitamos mirar que aquello que tenemos delante.

—Pero si dejo de darle de comer se enfadará más...

—Puede que sí al principio. Pero todo aquello que deja de alimentarse termina perdiendo fuerza. Poco a poco se vuelve más pequeño, hasta que deja de ocupar espacio en tu vida.

Rosana lo abrazó.

Darío respiró hondo, se levantó y regresó a su habitación. Levantó las sábanas. Allí seguían aquellos ojos amarillos observándolo desde la oscuridad.

Por primera vez no apartó la mirada.

—Sé quién eres. Sé lo que quieres. Y ya no te quiero a mi lado. No volveré a confundirte con un amigo. Voy a pedir ayuda y voy a aprender a vivir sin ti.

Se metió en la cama y apagó la luz.

—Ahora me voy a dormir.

Unos meses después, mientras bajaba las escaleras de su edificio, Darío se cruzó con Rosana.

—¡Buenas tardes, Rosana!

—¡Buenas tardes, Darío! Tienes muy buena cara hoy.

—Sí. Voy a ver a mi psicóloga. Me está ayudando mucho. Me está llenando de herramientas para enfrentarme al monstruo. ¿Sabes? Cada vez es más pequeño. Apenas hace ruido. Tiene los ojos apagados y parece cansado.

A medida que hablaba, su voz iba perdiendo fuerza. El entusiasmo de las primeras palabras dio paso a un tono cada vez más triste y melancólico, como si aquella aparente victoria también trajera consigo una extraña sensación de pérdida.

Rosana sonrió.

—¿Y eso es malo?

—No... Supongo que no.

—¿Pero?

Darío bajó la mirada.

—Pero era mi monstruo. Mi compañía. Lo conocía. Aunque me daba miedo, me había acostumbrado a él. Siempre estaba ahí, debajo de la cama. Al menos no estaba solo. Ahora casi no hablamos. Ya no escucho sus ruidos y hay mucho silencio, Rosana. ¿Y si no sé cómo ser feliz? ¿Y si no sé quién soy sin él?

Rosana le apoyó una mano en el hombro.

—Sé que asusta salir de esos ojos amarillos. Asusta el silencio cuando uno ha vivido rodeado de ruido durante tanto tiempo. Pero no tengas miedo de la calma. No tengas miedo de estar bien. Con el tiempo descubrirás que el silencio también puede ser una compañía hermosa.

Los ojos de Darío se humedecieron.

—Gracias, Rosana.

Continuó bajando los escalones con una ligereza que hacía meses no sentía.

—¡Darío, espera! —lo llamó ella.

—¿Sí?

—¿Tu padre sigue escuchando esos ruidos de los que me hablaste?

—Sí. He intentado hablar con él, pero insiste en que los monstruos no existen. Dice que todo viene de la cama. No sé qué pensar. Aquel día, cuando fui a verlo, no vi ningún monstruo. Solo trastos. Muchos trastos. Juguetes antiguos, fotografías, ropa acumulada...

Rosana asintió despacio.

—Quizá ese sea precisamente el problema. Hay personas que intentan escapar de sus monstruos llenando el silencio con otras cosas: objetos, ocupaciones, vicios, ruido. Todo eso puede ocultar los rugidos durante un tiempo, pero no los hace desaparecer.

Darío permaneció callado.

—Los sentimientos van contigo allá donde vayas —continuó Rosana—. Tú mismo lo comprobaste cuando te mudaste.

—Volveré a hablar con él. Ahora vive solo en aquella casa. Iré a verlo pronto.

—Ayúdalo cuando esté preparado. A veces la soledad duele mucho cuando está llena de ruido. Pero cuando aprendemos a escucharla, puede convertirse en un lugar de paz.

¿Quieres seguir explorando?

©Derechos de autor. Todos los derechos reservados.

Information icon

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.