El Ejemplo Vale más que Mil Palabras
Cómo un simple juego me recordó que el ejemplo educa más que muchos sermones.
Hace un tiempo, durante una jornada de trabajo, viví una situación tan sencilla como reveladora.
Estaba jugando a un juego de habilidad con dos niños. El objetivo era ir retirando piezas de una torre sin que esta se derrumbara. Se me ocurrió una idea para ahorrar tiempo al terminar: en lugar de dejar las piezas sobre la mesa, podíamos ir colocándolas directamente en la caja, cada una en su sitio. Así, si queríamos volver a jugar, solo tendríamos que sacar el bloque ya preparado; y si no, el juego quedaría recogido.
Se lo expliqué a ambos antes de empezar.
El primer niño retiró su pieza y la colocó cuidadosamente en el hueco correspondiente. Después llegó el turno del segundo. Sacó la pieza... y, en lugar de guardarla, la lanzó despreocupadamente sobre la mesa.
No dije nada. Continuamos jugando.
En la siguiente ronda ocurrió exactamente lo mismo. El primero volvía a guardar la pieza. El segundo volvía a dejarla fuera.
Y entonces me di cuenta de algo.
Con frecuencia pensamos que los niños aprenden porque les explicamos las normas. Sin embargo, muchas veces aprenden mucho más por lo que observan que por lo que escuchan.
El niño que guardaba las piezas no lo hacía para corregir al otro ni para darle una lección. Simplemente actuaba con naturalidad, siendo coherente con lo que había entendido. Su comportamiento se convertía, sin pretenderlo, en un modelo.
Educar no consiste únicamente en corregir conductas. También consiste en crear contextos donde las buenas conductas puedan verse, repetirse y contagiarse.
Por eso es tan importante cuidar los grupos, las relaciones y los referentes que tienen los niños. Nuestro comportamiento y nuestra forma de responder influyen en los suyos. Al fin y al cabo, educar no consiste solo en decir qué hacer, sino también en mostrar cómo hacerlo.
Seguimos jugando. Una ronda tras otra.
El patrón se repetía una y otra vez. Uno colocaba la pieza con cuidado en su sitio. El otro la dejaba caer sobre la mesa, como si aquello no fuera con él.
No insistí. No le recordé la norma en cada turno. Quería observar. Tenía la sensación de que, si reaccionaba cada vez que dejaba la pieza fuera, corría el riesgo de que toda la atención girara en torno a esa conducta negativa. Y, cuando una conducta consigue toda nuestra atención, a veces termina fortaleciéndose en lugar de desaparecer. Yo quería que la atención estuviese puesta en compartir el momento, disfrutar del juego y reforzar todo aquello que sí estaba funcionando.
A veces, educar no consiste en intervenir más.
Consiste en saber cuándo dar un paso atrás para que sean ellos quienes descubran, a través del ejemplo, otra manera de hacer las cosas.
Podría haberle llamado la atención. Haber repetido la norma una y otra vez. Incluso haberle dicho que, si no guardaba las piezas como habíamos acordado, el juego se terminaba para él.
Pero no era eso lo que buscaba.
Mi objetivo aquel día no era que obedeciera una instrucción concreta. Mi objetivo era que permaneciera allí.
Sabía que, si convertía aquella situación en un pulso, probablemente lo perdería. Un ultimátum habría terminado con un "pues me voy", y yo habría sacrificado algo mucho más importante que lograr que una pieza acabara en su sitio: el tiempo compartido, la oportunidad de estimular su creatividad y un rato de calidad lejos de una pantalla.
Así que decidí no entrar en esa batalla.
Seguí jugando con normalidad. Cada vez que era mi turno, colocaba la pieza cuidadosamente en la caja. El otro niño hacía exactamente lo mismo. Él seguía dejándola fuera.
Entonces intenté algo diferente.
Convertí el momento de guardar la pieza en parte del propio juego. Cuando el otro niño la colocaba correctamente, yo hacía una pequeña broma, se la quitaba para volver a ponerla de otra manera y los dos nos reíamos. De repente, guardar la pieza ya no era una obligación: también era un momento divertido.
Al cabo de unas rondas, el otro niño empezó a meter también sus piezas en la caja. Todavía no las colocaba en su sitio, simplemente las dejaba dentro.
Era un avance.
Con una sonrisa le dije:
—Si además la colocamos, luego será mucho más fácil volver a jugar.
Nada más.
Sin reproches. Sin sermones. Sin elevar la voz.
Seguimos jugando.
Poco a poco, comenzó a colocarlas igual que nosotros. Y, casi sin darnos cuenta, las piezas dejaron de quedarse sobre la mesa.
No solo queda demostrada la enorme influencia que tiene el grupo y la importancia de crear entornos donde las conductas positivas sean las que más se vean. Aquella tarde confirmé algo que intento no olvidar nunca: cuando el vínculo está por encima de la obediencia inmediata, muchas veces el aprendizaje acaba llegando igualmente. Quizá más despacio, pero también de una forma mucho más sólida.
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